A la fuerza, no

En el pleno del Congreso del martes de la semana pasada llevé puesta una camiseta que yo mismo había preparado, en la que escribí: “NI DUI, NI 155 : DIÁLOGO”.  Era el lema que había emergido en esas Mareas Blancas que se dieron cita ante los Ayuntamientos de toda España, días atrás. Aquella misma tarde mi camiseta caducó, cuando recibimos, con alivio, el frenazo de la Generalitat, parando la Declaración Unilateral de Independencia. Sin embargo, al día siguiente el Sr. Rajoy, con la complicidad del Sr. Sánchez, en lugar de dar la bienvenida a ese frenazo y abrir cuando menos un espacio de reflexión y diálogo, anunció la más que probable aplicación del artículo 155. De esta forma, y ojalá me equivoque, se anuncian tiempos oscuros de represión, confrontación y dolor.

Según todas las encuestas publicadas, por lo menos un 70% de la gente en Cataluña demanda su derecho a decidir, o cuando menos a ser escuchados en un referéndum consultivo. Por lo tanto, desde la lógica que justificó en su día reprimir violentamente la jornada del referéndum, y que justifica hoy aplicar el 155, millones de personas, independentistas y no independentistas, podrían y, en rigor, deberían ser detenidas, juzgadas por “sedición” y condenadas a penas que podrían llegar a 20 años de cárcel. Si avanzamos por este camino, pronto tendremos a amigos y amigas, personas honradas, represaliados y presos por acciones como salir el pasado 1-O  a votar, con sus familias, entendiendo conscientemente que ejercían un derecho, cuando menos legítimo (aunque no fuera legal). Y todo ello, más allá de que ese referéndum no pudiera ofrecer resultados que justifiquen declaración alguna de independencia, al no tener las garantías necesarias (el Gobierno se encargó de ello) para poder avalar una decisión tan seria.

Hace muchos años, cuando formamos la Fundación Nueva Cultura del Agua a nivel ibérico, que nos permitió, por cierto, parar el trasvase del Ebro, empecé a soñar y defender la perspectiva de una Federación o Confederación Ibérica, con nuestros hermanos portugueses. Compartimos ríos, historia, cultura e incluso aventuras coloniales, con sus luces y sus sombras; hablamos lenguas hermanas y nos entendemos con facilidad; compartimos ilusiones, angustias y en ocasiones incluso desprecios e incomprensiones similares en Europa … Más de una vez lo hablé con mi amiga Margarida y con nuestro común amigo Mario Soares, el Ex Presidente de Portugal, que defendía, incluso con pasión, ese sueño compartido. Sin embargo, también es cierto que, en mis conversaciones, muchos amigos y amigas portugueses me manifestaban su temor a la arrogancia española. Yo siempre argumenté que arrogancia y espíritu conquistador nunca nos habían faltado, ni a ellos ni a nosotros, en nuestras respectivas historias coloniales, pero que la España del post-franquismo era una España plural y democrática, un país de países que había madurado en valores de humildad y fraternidad … La semana pasada me llamó uno de estos amigos y me recordó aquellas conversaciones de hace años. ¿Entiendes por qué me daba miedo España? me dijo, antes de explicarme la tremenda experiencia que vivió hace poco, con las cargas policiales en Barcelona, donde estaba casualmente por razones de trabajo. Me quedé sin argumentos. Sólo pude decirle que la España del “¡a por ellos !”, no es mi  España; no es ese mi país de países en el que bien podrían caber los portugueses.

No sé lo que ocurrirá en los próximos días y semanas, pero lo que si sé es que voy a poner de nuevo mis energías y mi ilusión, como a finales de los 80, en promover y revitalizar un movimiento pacifista y noviolento, que promueva el diálogo como única forma de afrontar los problemas en Cataluña, desde mi profunda convicción de que sólo la fraternidad y el respeto mutuo, pueden retejer este país de países que es España. Y también seguiré soñando con esa Federación Ibérica de pueblos hermanos y libres; porque sólo se consigue lo que se desea, y sólo se desea lo que se sueña.

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